sábado, 8 de septiembre de 2007

La emoción de estar allí

















Nunca imaginé que se me erizaría la piel mientras intentaba entrar al estadio para ver jugar a la vinotinto contra Uruguay y escuché que el himno de Venezuela era interpretado por los jugadores, técnicos, fanáticos y público en general.

Tal como describe Jenny en su blog http://lamamadelgordito.blogspot.com/ al referirse al Cachamay, impresiona ver cómo es el estadio, pues si bien el de Pueblo Nuevo, en el estado Táchira, no es nuevo, sí fue ampliado y la estructura quedó impresionante, moderna. No he ido a otros países a ver los estadios, pero de verdad que éste me pareció todo un lujo, el colorido, las luces, la estructura aerodinámica y la ambientación por la fiesta del fútbol.

Supuestamente entran o más bien, se sientan, 45 mil personas, pero allí había mucho más de eso, tanto que vimos el juego de pie, pero eso no importó, ni cuenta me di, todo fue bien organizado y las entradas, tipo ticket del metro, son comprobadas por un lector electrónico.

Ver los juegos en vivo es otra cosa, en especial si no se trata de una caimanera sino de un partido profesional. Los puedes apreciar más cerca y la emoción es triple si juega el equipo que representa a tu país. Lo único que anhelas -y que sí tienes en TV- para quienes no son tan expertos en la materia, como yo, es ver la repetición de la jugada, que por lo menos en esta pantalla del estadio, no puedes disfrutar.

Uno se desinhibe gritando, aplaudiendo y todo es muy sincronizado. Por ejemplo, cuando el portero de la selección de Uruguay tenía posesión del balón, apenas lo lanzaba, al unísono se escuchaba “hijo e’ puta”.

Otras consignas que sucedían ante cada error de los criollos: “sí se puede”, “un gol, un gol” “venezolanos, porque esta noche, vamos a ganar”, “ole, ole”. Nada de esto logra escucharse por televisión, es un privilegio único, sentir el calor, que todos somos uno y que tenemos un mismo nerviosismo, un mismo pensamiento: ganar, honrar al país.

Cuando Arango metió el gol por cobro de tiro libre, lo cual ratificó que en efecto estaba jugando para nuestro equipo -por su casi invisible actuación en todos los partidos, el estadio se iba a caer marcó ese 1-1 que nos llenó de esperanzas, no hubo quien no aplaudiera, bueno, los charrúas no. Se veía a un Richard Páez emocionado, que agitaba las manos en señal de que los fanáticos ovacionaran con más fuerza.

A medida que el marcador iba subiendo, por la destreza de Forlán, Cristian Rodríguez, entre otros jugadores de la celeste, la esperanza se iba apagando, con el tercer gol, muchos abandonaron las gradas, se levantaron de sus asientos.

Quienes disfrutamos el encuentro, teníamos esperanza genuina, por primera vez Venezuela era sede, por primera vez en 40 años Venezuela en la Copa América iba a cuartos de final, la hazaña sería lo máximo si hubiese ido a semifinal, pero no se pudo.

En Venezuela todo era vinotinto, las calles, las personas. En San Cristóbal todos estábamos uniformados, no por snobismo, como decía un amigo mío, se trataba más bien un sentimiento, un furor, una pasión que ahora sentí más que nunca, ésa que hace unos años atrás se limitaba a permanecer impávida frente a la pantalla chica, en mi casa, al lado de Argenis y Jesús.

Estoy feliz de haber ido y nunca se me olvidará ese tipo de emoción que me hizo subir la adrenalina de una forma muy distinta a la que yo estoy acostumbrada.

Por cierto, para quienes no saben lo que es vomitorio, como en mi caso y como podrán apreciar en una de las fotos, aquí coloco la definición de la RAE: “Puerta o abertura de los circos o teatros antiguos, o en locales análogos modernos, para entrar y salir de las gradas”.

Las fotos fueron tomadas en su mayoría por mí, obviamente donde yo aparezco, no, las tomaron José Manuel y Darvin, ¡qué espectaculares compañeros de viaje!